jueves, 22 de enero de 2015

Cuba-EE.UU.: falta mucho, pero dialogar es positivo

Ángel Guerra Cabrera
Hoy concluye la primera ronda de conversaciones entre Cuba y Estados Unidos para proceder al restablecimiento de relaciones diplomáticas bilaterales anunciado el 17 de diciembre por los presidentes Raúl Castro y Barak Obama.
Conviene aclarar: las relaciones no han sido restablecidas aún.  Estas pláticas debieran llevar a ese desenlace en un momento probablemente no lejano una vez sean resueltos algunos obstáculos que lo impiden. Cuba ha insistido en que el restablecimiento debe estar basado en las normas del Derecho Internacional y de la Convención de Viena, que promulgan, entre otros principios, los del respeto recíproco a los sistemas económicos y políticos y la no injerencia en los asuntos internos de los Estados.
El primer día de las conversaciones lo ocupó el tema migratorio, sobre el cual se han realizado 38 reuniones bilaterales y ofició mucho tiempo como casi el único canal de diálogo entre ambas naciones. Allí se evidenciaron avances en cuanto al cumplimiento por Estados Unidos de sus compromisos de otorgamiento de visas permanentes y el aumento de las concedidas para visitas temporales así como los intercambios entre los guardacostas de una parte y los guardafronteras de la otra pero subsisten importantes discrepancias.
Cuba es el único país del mundo cuyos nacionales son estimulados a emigrar ilegalmente hacia la potencia del norte, donde no más pisar su territorio tienen derecho a recibir permiso de trabajo y la residencia, en virtud de la Ley de Ajuste Cubano aprobada por el Congreso en 1966 y la política de pies secos-pies mojados aplicada por el Ejecutivo en violación de los acuerdos migratorios bilaterales. La delegación cubana rechazó la sistemática promoción por Estados Unidos de deserciones de  médicos y personal de salud cubanos en misiones de cooperación internacional.
La Habana puso en práctica hace casi dos años una apreciable flexibilización de su política migratoria que ha facilitado enormemente los viajes y contactos de sus nacionales con el mundo y en particular con Estados Unidos.
Hoy las conversaciones estarán dedicadas a los pasos necesarios para el restablecimiento de relaciones a nivel de embajadas y a asuntos de interés bilateral. En este tramo las delegaciones estarán presididas por Roberta Jacobson, secretaria asistente para el Hemisferio Occidental del Departamento de Estado –la funcionaria estadunidense de mayor rango en visitar Cuba desde los años 70-  y Josefina Vidal, directora general de Estados Unidos de la cancillería cubana, ambas curtidas diplomáticas.
Un problema en este tema es que la sede de Cuba en Washington hace casi un año que no dispone de cuenta bancaria como consecuencia del recrudecimiento del bloqueo, situación que debe solucionarse para que pueda abrir una embajada. Igualmente inverosímil para restablecer relaciones es el hecho de que La Habana continúe integrando la arbitraria lista estadunidense de países patrocinadores del terrorismo. Es de esperar la pronto solución de ambas situaciones, totalmente en manos del Ejecutivo.
Debe quedar claro, como apuntó un alto funcionario de la cancillería cubana, que una normalización de relaciones entre los dos países está todavía lejos y exigiría el levantamiento del bloqueo.
Las medidas anunciadas por Washington el 16 de enero son positivas tanto para Cuba como para Estados Unidos. Implican un incremento importante de las remesas, facilitan los viajes de estadunidenses y aumenta el gasto que pueden hacer aunque no autorizan el turismo a la isla. No obstante que el levantamiento del bloqueo es facultad del Congreso cabe suponer que el presidente Obama, en uso de sus prerrogativas, proceda a desmantelar numerosas restricciones que aún dañan severamente la economía cubana.
En la agenda cubana está también la exigencia de indemnización de los multimillonarios daños causados por el bloqueo, una medida condenada por el mundo entero contra la que Cuba mantiene una demanda en sus tribunales. Cuba también propone a Estados Unidos conversaciones sobre derechos humanos en pie de igualdad.
No obstante los obstáculos que quedan y las insuperables discrepancias que caracterizan la relación bilateral, si el diálogo entre Washington y La Habana se tradujera en un cambio realmente sustantivo de política hacia Cuba sería un gran paso de avance, no solo para mejorar la vida en la isla sino para distender el crispado clima de relaciones de Washington con América Latina y el Caribe.

El hombre de La calle del medio imparte conferencia a futuros médicos pinareños

Ayer impartí una conferencia en la Universidad de Ciencias Médicas de Pinar del Río. En el periódico El guerrillero de la provincia, apareció hoy la siguiente reseña:
Mejor ser que tener en la sociedad cubana de hoy
Y puede leerse también en el Portal de Tele Pinar con el título de:
El hombre de la calle del medio imparte conferencia a futuros médicos pinareños

EEUU y Cuba: un denso diálogo

Atilio A. Boron
Comenzaron este miércoles en el Palacio de Convenciones de La Habana las conversaciones para normalizar las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, dando así cumplimiento a lo anunciado conjuntamente por  los presidentes Barack Obama y Raúl Castro el 17 de Diciembre pasado. El jueves se incorporó a la reunión Roberta Jacobson, subsecretaria de Estado para el Hemisferio Occidental. Con su llegada la agenda temática se ampliará considerablemente haciendo lugar a un nutrido listado de asuntos pendientes, producto de largas décadas de confrontaciones.
El inicio de estos intercambios será apenas el primer paso de un largo y dificultoso trayecto, erizado de acechanzas. Hay quienes en Cuba y fuera de ella sostienen que la reanudación de las relaciones diplomáticas pondrá en peligro la continuidad de la Revolución al abrir la Isla a los aplastantes influjos económicos, políticos e ideológicos del imperio. Pero se equivocan: primero porque aquellos ya se hacen sentir, y bajo sus formas más perversas. ¿O es que el bloqueo no ejerce una influencia crucial, y enormemente perniciosa, sobre  la economía cubana? La condición insular de Cuba, por otra parte, no la pone a salvo de las nefastas influencias de las corrientes políticas e ideológicas prevalecientes en el país del Norte o en Europa, o de las modas de diverso tipo, desde la música hasta la literatura, pasando por los gustos estéticos, los estilos de vida, la indumentaria y el arreglo personal. Y se equivocan también porque si hay algo que con certeza puede dañar irreparablemente a la Revolución Cubana es la prolongación indefinida del bloqueo, sobre todo teniendo en cuenta la lenta pero inexorable desaparición de los cubanos que nacieron poco antes o en los primeros años de la Revolución y el inevitable recambio generacional que más pronto que tarde tendrá que llevarse a cabo en su núcleo dirigente. Es menester recordar que la fortaleza de la Revolución Cubana no radica en su economía, sino en su cultura y su política; y que si resistió sin desmoronarse luego de la desintegración de la Unión Soviética y más de medio siglo de bloqueo no fue por la salud de su economía sino por la formidable solidez de una tradición político-ideológica que hunde sus raíces en la guerra de la independencia contra España, en el luminoso magisterio de Martí y en la extraordinaria obra político-pedagógica de Fidel. Para resumir: no se trata de minimizar el daño realizado por el bloqueo más prolongado de que se tenga noticia en la historia universal, y sin el cual los logros de la Revolución habrían sido aún mayores de lo que fueron. Si ahora Washington está dispuesto a ponerle fin es porque resultó ser un arma de doble filo: al intentar asfixiar a Cuba atizó las contradicciones al interior de Estados Unidos entre crecientes segmentos de la población y grupos empresariales que rechazaban esa política, y enfrentaban a los “halcones-gallina” -como los denominara el inolvidable Juan Gelman- y a la mafia de Miami, especie que afortunadamente ya se bate en humillante retirada. Enfrentaban también, hasta épocas recientes, al retrógrado establishment militar y a la “comunidad de inteligencia”, por razones que, como veremos más abajo, han perdido vigencia en la coyuntura geopolítica actual. Además, para colmo de males, el bloqueo no sirvió, como lo reconocieran Obama y el Secretario de Estado John Kerry, y enrareció la relación de Washington con sus cada vez más díscolos vecinos del sur e, inclusive, con países europeos afectados, como recientemente ocurriera con Francia y Alemania, por las absurdas sanciones económicas de una legislación extraterritorial como la Ley Helms-Burton diseñada para perjudicar a Cuba pero que produce significativos “daños colaterales” en la economía de terceros países. Habrá tal vez sido obra de la “astucia de la razón” invocada por Hegel,  pero lo cierto es que si el bloqueo fue concebido como una forma de aislar a Cuba quien terminó aislado fue Estados Unidos, y quien tuvo que aceptar sentarse a la mesa de negociaciones fue Washington, a pesar de haber rechazado esa invitación que le formulara el gobierno cubano durante medio siglo. No es un dato menor que las encuestas de opinión pública en Estados Unidos confirmen que dos de cada tres norteamericanos están a favor del levantamiento del bloqueo y la normalización de la relaciones con la isla rebelde.
La inminente apertura de embajadas en ambos países será el primer paso para poner fin al bloqueo. Sería un ridículo mundial que Estados Unidos estableciera relaciones diplomáticas con un país, lo que supone sujetarse a lo estipulado en la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas en un marco de igualdad jurídica y respeto por la soberanía de las partes y, al mismo tiempo, mantuviera una agresiva política destinada a derrocar al gobierno con el que se está negociando la normalización de sus relaciones.
La agenda incluye numerosos ítems muy litigiosos, algunos de los cuales apenas si podemos mencionar aquí: el tema migratorio es uno de ellos, lo cual requeriría derogar la absurda legislación estadounidense en la materia. Creemos no equivocarnos si decimos que Estados Unidos es el único país del mundo que tiene no una sino dos políticas migratorias: una,  exclusiva para Cuba –regida por Ley de Ajuste Cubano y la política ‘pies secos, pies mojados’- y otra para el resto de los países. Mediante la primera se reprime la migración legal a Estados Unidos, creando tensiones para el gobierno cubano, al paso que perversamente se estimula la migración ilegal, concediéndosele a quienes llegan a sus playas la residencia, permiso de trabajo y todas las franquicias imaginables. La otra política se aplica a todos los  países, que en el caso de los migrantes centroamericanos, mexicanos y caribeños, es de una extrema crueldad: no sólo que no se los recibe como a los cubanos sino que se los persigue como a bestias feroces -aún en el caso de los niños, como nos hemos enterado recientemente- y si llegan a entrar a Estados Unidos en cuanto se los descubre se los deporta sin más contemplaciones. Si a lo largo de toda su historia 223 personas cayeron en su intento por cruzar el Muro de Berlín (1961-1989), en la frontera que separa México de Estados Unidos se registraron en los últimos quince años 5.600 muertes por la misma causa. Para empeorar las cosas, el gobierno de George W. Bush puso en vigor, en el año 2006, una serie de regulaciones destinadas a fomentar la deserción de los médicos y trabajadores de la salud cubanos trabajando en el exterior, en su gran mayoría en países muy pobres y en los cuales la atención médica es un privilegio disponible para unos pocos. Pese a su calculada malevosía  el plan fue un fracaso pues fue ínfimo el número de quienes cayeron en esa trampa. Casi todos los trabajadores de la salud siguieron firmes en sus puestos, fieles al noble internacionalismo de la Revolución Cubana. Todos estos asuntos que hacen a la política migratoria de Estados Unidos deberán ser sometidos a una drástica revisión en las conversaciones en curso.
Otro tema apremiante es la eliminación de Cuba de la lista de países que patrocinan al terrorismo, y que año tras año publica el Departamento de Estado. La inclusión de Cuba en esa lista es una maniobra incalificable porque ha sido un país que ha combatido como muy pocos al terrorismo y, por otra parte, uno de los que más ha sufrido a causa de ese flagelo desde los primeros días de la Revolución. Por haber ido a luchar contra esta peste en su madriguera de la Florida cinco de sus hijos purgaron largos años de injusta prisión en Estados Unidos. No deja de ser una cruel ironía que quien elabora puntualmente esa “lista negra” sea, a juicio de algunos insignes norteamericanos como Noam Chomsky, el gobierno de un país que con el paso del tiempo se convirtió en el principal terrorista del planeta y santuario y refugio de criminales como Orlando Bosch, Luis Posada Carriles y tantos otros, apañados y protegidos por importantes figuras del establishment político norteamericano. Mantener a Cuba en esa lista no es sólo una infamia sino además un factor que dificulta enormemente las relaciones económicas internacionales de La Habana ya que la somete a innumerables restricciones que se agregan a las originadas por el bloqueo.
Otro de los asuntos que deberá estar en la mesa de discusiones es el de los pasos a dar para comenzar a desarticular  las políticas y regulaciones que configuran el bloqueo, y que la Casa Blanca tiene atribuciones que le permiten hacerlo, teniendo a la vista la derogación de la Ley Helms-Burton, votada en el Congreso en 1996.Tal como lo ha demostrado Salim Lamrani en un artículo reciente, el presidente Obama puede tomar algunas  iniciativas que, en la práctica, relajen considerablemente los efectos asfixiantes del bloqueo. Habrá que trabajar para derogar aquella ley, pero mientras tanto es mucho lo que se puede hacer.  Bastaría, como lo anota Lamrani, que se levante la prohibición existente para que los estadounidenses viajen a Cuba como turistas ordinarios para derramar importantes beneficios y estímulos económicos sobre grandes sectores de la población vinculada, directa o indirectamente, con el turismo. Tan absurda es la postura actual de Washington que mientras pesa esa prohibición de viajar a Cuba cualquier ciudadano de Estados Unidos puede visitar Corea del Norte y, ni digamos, China o Vietnam sin obstáculo alguno. Si el levantamiento de esta restricción se acompaña con una política de permitir mayores adquisiciones de productos cubanos, como tabaco y ron, por ejemplo, los efectos benignos serían mayores aún. Habrá que ver si Obama tiene las agallas necesarias para afrontar esta tarea, pero presiones internas para poner fin al bloqueo procedentes del mundo empresario y, sobre todo, de la “comunidad de inteligencia” y el Pentágono, no le faltarán. Además, sería inconcebible mantener el bloqueo con un país vecino con el que se pretende normalizar las relaciones y que tiene una comunidad de inmigrantes de casi tres millones de personas concentrados en la Florida. Un mínimo de coherencia obliga a acabar con el bloqueo sin más dilaciones.
Según el muy reaccionario senador republicano Marco Rubio Washington debería incluir en la discusión con los cubanos la compensación por las propiedades o empresas de nacionales de Estados Unidos nacionalizadas en los primeros años de la Revolución. Si tal cosa llegar a ocurrir Cuba podría replicar exigiendo una compensación infinitamente mayor como reparación por medio siglo de ataques, agresiones, destrucción de propiedades, pérdida de vidas humanas; otro tanto por la invasión de Playa Girón y sus consecuencias; y, antes, por la ocupación y usurpación del territorio de Guantánamo, que debería ser reintegrado a la soberanía cubana una vez desahuciado el fraudulento tratado de 1903 mediante el cual una Cuba desangrada por la guerra contra España y cuya victoria le fuera arrebatada por Estados Unidos le arrendaba en perpetuidad la zona de la Bahía de Guantánamo. En todo caso, como se desprende de esta muy sucinta enumeración, la agenda del diálogo cubano-estadounidense promete ser muy controversial.
 Al anunciar su viaje, Roberta Jacobson dijo que el día viernes desayunaría con representantes de los disidentes y los supuestos  “presos políticos” cubanos luego de lo cual ofrecería una conferencia de prensa. Arduo trabajo le espera a los representantes de Cuba en la segunda ronda de conversaciones, que presumiblemente se realizaría en Estados Unidos, cuando en reciprocidad con el gesto insolente e ingerencista de Jacobson pidan desayunar también ellos con los representantes de los 474 presos políticos de los que se tiene registro en el país del Norte (con exclusión de los 5 héroes cubanos recientemente liberados), amén de muchos otros que no alcanzan todavía a ser identificados como tales. Este listado incluye a los 122 presos políticos que al día de hoy continúan aherrojados en Guantánamo violando todas las normas del debido proceso; los más de doscientos prisioneros de los pueblos originarios de Norteamérica  y de los cuales jamás se habla; el caso escandaloso del patriota puertorriqueño y nuestroamericano Oscar López Rivera, recluído desde hace más de treinta años en cárceles de máxima seguridad por el crimen de luchar por la independencia de su bello país; el del soldado Bradley Manning, que hizo posible junto a otros dos que Washington arde en deseos de apresarlos a como de lugar: Julian Assange y Edward Snowden, la revelación de las siniestras maquinaciones y los crímenes que perpetra el imperialismo para sojuzgar a pueblos y naciones de todo el mundo.  
Para concluir: las negociaciones no serán fáciles, pero nada lo es en el mundo de la política. Conviene recordar, empero, que Washington tiene más premura que La Habana para avanzar por el camino de la normalización de las relaciones, y no por razones humanitarias, altruistas o por respeto a la legalidad internacional. En su audiencia de confirmación ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos en 2011 la señora Jacobson dijo algo cuyo profundo significado muy pocos supieron interpretar pero que ahora se torna evidente: “Las embajadas estadounidenses no son un regalo para los países. Además de las funciones consulares y otras, una embajada también puede mantener una observación cercana sobre los regímenes acusados de medidas severas contra los derechos humanos”. Jacobson expresó subliminalmente la grave preocupación de la “comunidad de inteligencia” yankee y del Pentágono por no contar con un adecuado puesto de observación en la mayor de las Antillas, con proyección sobre todo el Mar Caribe. Esto, además, en momentos en que los países que en los documentos oficiales de la CIA, la NSA y el Pentágono aparecen como los enemigos a contener y de ser posible derrotar, China y Rusia, acrecentaron significativamente su presencia en Cuba y en la cuenca del Gran Caribe. Nada mejor que una embajada para desempeñar esas “otras” funciones a la que aludía sibilinamente Jacobson y que no son otras que la recolección de inteligencia y espionaje sobre las actividades de países enemigos y el estímulo para el surgimiento de actores y fuerzas sociales que podrían convertirse en los protagonistas del tan ansiado “cambio de régimen” en Cuba, objetivo al que Washington jamás renunciará y que se estrellará, como tantas veces en el pasado, con la conciencia y la voluntad revolucionaria del pueblo cubano. Una oportuna coincidencia subraya la importancia de esta dimensión geopolítica oculta bajo el discurso de la normalización diplomática y migratoria: un día antes de que comenzaran estas conversaciones entre Cuba y Estados Unidos atracaba en el puerto de La Habana el “Viktor Leonov”, un buque de inteligencia de la Marina de Guerra de Rusia dotado de las más perfeccionadas tecnologías de vigilancia y monitoreos electrónicos. Como decía Martí, en política lo más importante es lo que no se ve, o no se habla.
* Una versión resumida de este artículo fue publicada por el diario Página/12 en su edición del jueves 21 de Enero.

miércoles, 14 de enero de 2015

La cultura del ser, para ganar la guerra cultural

Enrique Ubieta Gómez
Transcripción de una intervención oral en un "Diálogos de generaciones", mesa de debates que organiza el Movimiento Juvenil Martiano.
Juventud Rebelde
La percepción del problema de la subversión es compleja y es necesario apreciarla desde la dimensión de una guerra cultural. Lo primero, es identificar al enemigo, que erróneamente reducimos a un país. Arribamos a la independencia, precisamente, cuando el capitalismo transitaba de la etapa inicial a la imperialista. El capitalismo es un sistema en continua expansión de territorios y mercados. La primera y la segunda guerras mundiales fueron provocadas por disputas interimperialistas en torno al reparto del mundo. El capitalismo estadounidense, en la medida en que fue expandiéndose, conquistó territorios en el oeste y arrasando con las culturas originarias, para después usurpar más de la mitad del territorio mexicano. El conflicto histórico de Cuba con el imperialismo no se debe a una obsesión patológica de aquel país con el nuestro, o a que tengamos las tierras más hermosas o petróleo, que no tenemos, ni a sentimientos de envidia o de ambición mundanos, responde al carácter intrínseco del capitalismo.
El enemigo de la Cuba que estamos construyendo es el capitalismo, y en un sentido histórico concreto, el imperialismo. La guerra que libramos incluye la percepción, la construcción de modos de vida diferentes, de modelos de vida, de conceptos de felicidad que se opongan, que nieguen los del capitalismo. Y los del capitalismo, los de la cultura del tener, son los hegemónicos en el mundo. Por eso hablamos del capitalismo internacional e insistimos en ese concepto, porque lo que pudiéramos entender como subversión debe analizarse desde dos perspectivas: una primera que pasa inadvertida, y que es el propio proceso de reproducción de valores del sistema por las llamadas industrias culturales, las que crean y reproducen un imaginario en torno a la cultura del tener. Las páginas sociales o del corazón de la prensa plana y televisiva, por ejemplo, cumplen una función ideológica: situar como héroes sociales a los millonarios (empresarios, príncipes, artistas ricos, etc.). Ese imaginario se renueva una y otra vez. Estamos hablando de una construcción de imágenes que se difumina por todas partes, que llega a muchos lugares; que ejerce una gran influencia en la gente. Esto es lo que llamo reproducción de valores del capitalismo, del imaginario capitalista: Hollywood, premios Grammy, Grandes Ligas, NBA: todo ese andamiaje reproduce el criterio de la cultura del tener, a través de su sistema de estrellas, de las que se destaca sobre todo el dinero que devengan y no sus cualidades esenciales. Es un sistema que se supedita al mercado y a través de él, hace ideología. Todo eso llega a Cuba, está en la Televisión cubana, en los paquetes que se distribuyen, está en Internet, pero no se hace solo para Cuba, sino más bien para que no existan otras Cuba.
Una segunda perspectiva, que es la que usualmente consideramos en el concepto de subversión, es moralmente más grave: es la que pudiéramos llamar «intervención programada». Ya no es la simple reproducción global de los valores del capitalismo, sino que es una intervención a la que se destinan millones de dólares, especialmente para derrocar un sistema opuesto ya establecido, como el nuestro, en un país concreto: lo que pasa por el otorgamiento de becas, la introducción de suspicacias, desencantos, divisiones, de programas que idiotizan, porque el capitalismo vende imágenes, ilusiones, pero jamás explicaciones, las elude, trabaja cómodamente con el analfabetismo funcional; en cambio el socialismo necesita que la gente estudie, se prepare, sepa discernir, tener una mirada crítica frente a todo lo que vea.
Esa intervención programada tiene como objetivo final el derrocamiento del sistema socialista —y no el simple cambio de Gobierno— porque el capitalismo no reconoce la posibilidad de que exista otra manera de organización social que no sea la suya: la que se fundamenta en la cultura del tener. En este sentido, tenemos una fortaleza, y es el legado de la obra de José Martí. ¿Cómo se empalma esa obra en nuestra realidad actual, en nuestras pretensiones de construir un camino alternativo al capitalista? En primer lugar está la definición de la praxis política de Martí: «con los pobres de la Tierra quiero yo mi suerte echar»; Martí opta por los más humildes y esta es una Revolución con los humildes, por los humildes y para los humildes. El marxismo no puede entenderse sino como instrumento al servicio de los humildes. Para ser revolucionario, tenemos que estar absolutamente comprometidos con los pobres de la tierra, no en el discurso, sino en la propia actividad política. Una persona que no haya militando nunca a favor de la justicia social —y no me refiero a que sea o no militante del Partido—, sino a que no participe de manera activa en la vida política y social del país, no será consecuente ni con el marxismo, ni con Martí, no podrá considerarse revolucionaria.
En segundo lugar, Martí apuesta por la cultura del ser y en contra de la cultura del tener; es el hombre que escribe la famosa carta a María Mantilla en la que dice que la belleza de un ser humano no radica en lo que lleva por fuera, sino por dentro. Martí engarza también por esta vía con el proyecto socialista; no hay que convertir a Martí en marxista, lo que no era, en un defensor del socialismo tal cual lo entendemos hoy; pero su percepción sobre la cultura del ser es la base del ideario anticapitalista. Y el ser en el socialismo debe recibir según lo que aporte, según su utilidad pública, porque no se trata de que rechacemos el tener, sino de que invirtamos la ecuación. Se vale por lo que se es, no por lo que se tiene. Martí hablaba de la utilidad de la virtud, llevaba el término utilidad, tan caro al pensamiento burgués, al plano ético, de la virtud. Podría añadir otras facetas del pensamiento martiano que hoy nos acompañan, como su antimperialismo y su percepción de la necesaria unidad latinoamericana; su idea de la unidad en la diversidad de fuentes y raíces, la aborigen, la africana, la europea; su exigencia en que seamos creativos. Esta es una guerra compleja, pero contamos con una fortaleza enorme, que es nuestra tradición cultural, aquella que se sustenta en Martí, la que nos condujo a la Revolución.

lunes, 12 de enero de 2015

Una Habana entrañable, una sociedad a contracorriente

Anabel Mederos Carragel 
Foto: Jorge Luis Sánchez Rivera
Tribuna de La Habana
Confieso que mi entrevistado llegó a mí por una de esas decisiones en la vida, medio impuestas medio que al azar, las cuales uno asume y solo se da cuenta del embrollo en que está inmerso cuando ya no existe escapatoria posible.
Así entré yo, un tanto despistada, a la oficina de Enrique Ubieta, o mejor, a la redacción de La Calle del Medio, quizás la publicación más desenfadada y juvenil de la prensa cubana de estos tiempos. Tomé prestado una de sus últimas ediciones y quedé hipnotizada con un artículo que se refería al imperio más vasto que ha tenido la historia de la humanidad: Facebook.
En fin, no sé los verdaderos motivos pero de alguna manera rememoré mis días por los pasillos de la Facultad de Periodismo de La Habana, cuando pensaba que escribir era tan solo un hobbie y no un arma de defensa.
Platicar con Ubieta, director de La Calle, investigador, ensayista, filósofo y uno de los intelectuales contemporáneos más prolíferos en su obra de profundo contenido social, confirmó mis ideas —acertadas o no ¿quién sabe?—, sobre la importancia de creer en nuestra sociedad.

¿Existe una definición particular para el habanero?
“La Habana es un símbolo y, al igual que ser cubano, conlleva una carga extraordinaria. Suelo pensar que existen estereotipos de habaneros, pero no un modelo repetible. Existen diversas procedencias detrás de cada familia, la inmigración, ya sea en la primera, segunda o tercera generación, es un factor común a todas.
La misma ciudad contiene muchas Habanas dentro y no son solo, como suele pensarse, barrios, sino más bien diversas maneras de entender la vida, el trabajo, la recreación, lo que conforma colectivos que se hermanan o no dentro de esa amalgama.
A veces uno se percata de los encantos de la urbe cuando no se encuentra en ella, inmortaliza el olor a salitre, anhela el salir a la calle a casi cualquier hora, incluso la bulla se torna un atractivo”.

Con respecto a La Habana, ¿qué lo motiva y qué lo entristece?
“Me siento muy feliz cuando encuentro un edificio restaurado, son siglos de cubanía que recuperamos. Me disgusta ver a la ciudad más sucia de lo que quisiera”.

Estos últimos días han sido un tanto estremecedores para el país, -¿Qué piensa de los últimos hechos acaecidos y la proyección del pensamiento martiano?
“Los Cinco son los héroes de mi generación, poseen la misma carga simbólica de aquellos hombres que bajaron de la Sierra Maestra. Fueron sobrevivientes porque no pactaron, los que lo hicieron no sufrieron el encierro pero murieron en vida, y de alguna manera, esto se encuentra en la prédica de Martí.
“Pudiera decirse que se abre un nuevo capítulo en cuanto a las relaciones Cuba-Estados Unidos, un país bien conocido por el Apóstol, pues vivió 15 años en el mismo. Para nuestra nación, ideó una sociedad diferente, que no repitiese el modelo norteamericano ni los patrones seguidos por el resto de las repúblicas del continente.
“No obstante, admiró la cultura estadounidense, lo más genuino de la misma, fiel amante de la poesía de Walt Whitman. Últimamente cuando me preguntan por los Estados Unidos suelo decir que nuestro enemigo no es un país, sino el imperialismo, algo que también vislumbró Martí.
“Si nuestro esfuerzo ha sido por construir una sociedad alternativa, ahora la guerra ideológica pudiera ser más intensa que años atrás en la preservación de los valores del socialismo.
El Héroe Nacional nos acompaña en esta batalla, el mismo abogó por una cultura del ser, de parte de los humildes, respaldó la unión de los pueblos latinoamericanos y sentenció, enérgicamente, la extensión de los Estados Unidos por la región de América. Dichos pensamientos nos encauzan a una dirección que difiere íntegramente del discurso capitalista”.

En el título de su último libro Ser, parecer, tener, –a partir de la compilación de sus propios ensayos- se proyecta un análisis de los estereotipos en la sociedad cubana y la llamada cultura del valor. ¿Cuáles retos nos deparan?
“No olvidar nuestra esencia, que la cultura del tener no nos absorba y que no llegue el día en que nos preocupemos más por lo que tenemos que por lo que somos. Se debe encontrar el equilibrio, aprovechar el confort o las infinitas posibilidades tecnológicas para crecer y no para valorar a otros. Por ello necesitamos de una sociedad espiritualmente rica, que no se deje abrumar por la tendencia al consumismo ni las banalidades del mercado, una sociedad a contracorriente”.

jueves, 8 de enero de 2015

El terror en París: raíces profundas y lejanas*

Atilio A. Boron
El atentado terrorista perpetrado en las oficinas de Charlie Hebdo debe ser condenado sin atenuantes. Es un acto brutal, criminal, que no tiene justificación alguna. Es la expresión contemporánea de un fanatismo religioso que -desde tiempos inmemoriales y en casi todas las religiones conocidas- ha plagado a la humanidad con muertes y sufrimientos indecibles. La barbarie perpetrada en París concitó el repudio universal. Pero parafraseando a un enorme intelectual judío del siglo XVII, Baruch Spinoza, ante tragedias como esta no basta con llorar, es preciso comprender. ¿Cómo dar cuenta de lo sucedido? 
La respuesta no puede ser simple porque son múltiples los factores que se amalgamaron para producir tan infame masacre. Descartemos de antemano la hipótesis de que fue la obra de un comando de fanáticos que, en un inexplicable rapto de locura religiosa, decidió aplicar un escarmiento ejemplar a un semanario que se permitía criticar ciertas manifestaciones del Islam y también de otras confesiones religiosas. Que son fanáticos no cabe ninguna duda. Creyentes ultraortodoxos abundan en muchas partes, sobre todo en Estados Unidos e Israel. Pero, ¿cómo llegaron los de París al extremo de cometer un acto tan execrable y cobarde como el que estamos comentando? Se impone distinguir los elementos que actuaron como precipitantes o desencadenantes  –por ejemplo, las caricaturas publicadas por el Charlie Hebdo, blasfemas para la fe del Islam- de las causas estructurales o de larga duración que se encuentran en la base de una conducta tan aberrante. En otras palabras, es preciso ir más allá del acontecimiento, por doloroso que sea, y bucear en sus determinantes más profundos.
A partir de esta premisa metodológica hay un factor merece especial consideración. Nuestra hipótesis es que lo sucedido es un lúgubre síntoma de lo que ha sido la política de Estados Unidos y sus aliados en Medio Oriente desde fines de la Segunda Guerra Mundial. Es el resultado paradojal –pero previsible, para quienes están atentos al movimiento dialéctico de la historia- del apoyo que la Casa Blanca le brindó al radicalismo islámico desde el momento en que, producida la invasión soviética a Afganistán en Diciembre de 1979, la CIA determinó que la mejor manera de repelerla era combinar la guerra de guerrillas librada por los mujaidines con la estigmatización de la Unión Soviética por su ateísmo, convirtiéndola así en una sacrílega excrecencia que debía ser eliminada de la faz de la tierra. En términos concretos esto se tradujo en un apoyo militar, político y económico a los supuestos “combatientes por la libertad” y en la exaltación del fundamentalismo islamista del talibán que, entre otras cosas, veía la incorporación de las niñas las escuelas afganas dispuesta por el gobierno prosoviético de Kabul como una intolerable apostasía. Al Qaeda y Osama bin Laden son hijos de esta política. En esos aciagos años de Reagan, Thatcher y Juan Pablo II, la CIA era dirigida por William Casey, un católico ultramontano, caballero de la Orden de Malta cuyo celo religioso y su visceral anticomunismo le hicieron creer que, aparte de las armas, el fomento de la religiosidad popular en Afganistán sería lo que acabaría con el sacrílego “imperio del mal” que desde Moscú extendía sus tentáculos sobre el Asia Central. Y la política seguida por Washington fue esa: potenciar el fervor islamista, sin medir sus predecibles consecuencias a mediano plazo.
Horrorizado por la monstruosidad del genio que se le escapó de la botella y produjo los confusos atentados del 11 de Septiembre (confusos porque las dudas acerca de la autoría del hecho son muchas más que las certidumbres) Washington proclamó una nueva doctrina de seguridad nacional: la “guerra infinita” o la “guerra contra el terrorismo”, que convirtió a las tres cuartas partes de la humanidad en una tenebrosa conspiración de terroristas (o cómplices de ellos) enloquecidos por su afán de destruir a Estados Unidos y el “modo americano de vida” y estimuló el surgimiento de  una corriente mundial de la “islamofobia”. Tan vaga y laxa ha sido la definición oficial del terrorismo que en la práctica este y el Islam pasaron a ser sinónimos, y el sayo le cabe a quienquiera que sea un crítico del imperialismo norteamericano. Para calmar a la opinión pública, aterrorizada ante los atentados, los asesores de la Casa Blanca recurrieron al viejo método de buscar un chivo expiatorio, alguien a quien culpar, como a Lee Oswald, el inverosímil asesino de John F. Kennedy. George W. Bush lo encontró en la figura de un antiguo aliado, Saddam Hussein, que había sido encumbrado a la jefatura del estado en Irak para guerrear contra Irán luego del triunfo de la Revolución Islámica en 1979, privando a la Casa Blanca de uno de sus más valiosos peones regionales. Hussein, como Gadaffi años después, pensó que habiendo prestado sus servicios al imperio tendría las manos libres para actuar a voluntad en su entorno geográfico inmediato. Se equivocó al creer que Washington lo recompensaría tolerando la anexión de Kuwait a Irak, ignorando que tal cosa era inaceptable en función de los proyectos estadounidenses en la región. El castigo fue brutal: la primera Guerra del Golfo (Agosto 1990-Febrero 1991), un bloqueo de más de diez años que aniquiló a más de un millón de personas (la mayoría niños) y un país destrozado. Contando con la complicidad de la dirigencia política y la prensa “libre, objetiva e independiente” dentro y fuera de Estados Unidos la Casa Blanca montó una patraña ridícula e increíble por la cual se acusaba a Hussein de poseer armas de destrucción masiva y de haber forjado una alianza con su archienemigo, Osama bin Laden, para atacar a los Estados Unidos. Ni tenía esas armas, cosa que era archisabida; ni podía aliarse con un fanático sunita como el jefe de Al Qaeda, siendo él un ecléctico en cuestiones religiosas y jefe de un estado laico.
Impertérrito ante estas realidades, en Marzo del 2003 George W. Bush dio inicio a la campaña militar para escarmentar a Hussein: invade el país, destruye sus fabulosos tesoros culturales y lo poco que quedaba en pie luego de años de bloqueo, depone a sus autoridades, monta un simulacro de juicio donde a Hussein lo sentencian a la pena capital y muere en la horca. Pero la ocupación norteamericana, que dura ocho años, no logra estabilizar económica y políticamente al país, acosada por la tenaz resistencia de los patriotas iraquíes. Cuando las tropas de Estados Unidos se retiran se comprueba su humillante derrota: el gobierno queda en manos de los chiítas, aliados del enemigo público número uno de Washington en la región, Irán, e irreconciliablemente enfrentados con la otra principal rama del Islam, los sunitas. A los efectos de disimular el fracaso de la guerra y debilitar a una Bagdad si no enemiga por lo menos inamistosa -y, de paso, controlar el avispero iraquí- la Casa Blanca no tuvo mejor idea que replicar la política seguida en Afganistán en los años ochentas: fomentar el fundamentalismo sunita y atizar la hoguera de los clivajes religiosos y las guerras sectarias dentro del turbulento mundo del Islam. Para ello contó con la activa colaboración de las reaccionarias monarquías del Golfo, y muy especialmente de la troglodita teocracia de Arabia Saudita, enemiga mortal de los chiítas y, por lo tanto, de Irán, Siria y de los gobernantes chiítas de Irak.
Claro está que el objetivo global de la política estadounidense y, por extensión, de sus clientes europeos, no se limita tan sólo a Irak o Siria. Es de más largo aliento pues procura concretar el rediseño del mapa de Medio Oriente mediante la desmembración de los países artificialmente creados por las potencias triunfantes luego de las dos guerras mundiales. La balcanización de la región dejaría un archipiélago de sectas, milicias, tribus y clanes que, por su desunión y rivalidades mutuas no podrían ofrecer resistencia alguna al principal designio de “humanitario” Occidente: apoderarse de las riquezas petroleras de la región. El caso de Libia luego de la destrucción del régimen de Gadaffi lo prueba con elocuencia y anticipó la fragmentación territorial en curso en Siria e Irak, para nombrar los casos más importantes. Ese es el verdadero, casi único, objetivo: desmembrar a los países y quedarse con el petróleo de Medio Oriente. ¿Promoción de la democracia, los derechos humanos, la libertad, la tolerancia? Esos son cuentos de niños, o para consumo de los espíritus neocolonizados y de la prensa títere del imperio para disimular lo inconfesable: el saqueo petrolero.
El resto es historia conocida: reclutados, armados y apoyados diplomática y financieramente por Estados Unidos y sus aliados, a poco andar los fundamentalistas sunitas exaltados como “combatientes por la libertad” y utilizados como fuerzas mercenarias para desestabilizar a Siria hicieron lo que en su tiempo Maquiavelo profetizó que harían todos los mercenarios: independizarse de sus mandantes, como antes lo hicieran Al Qaeda y bin Laden, y dar vida a un proyecto propio: el Estado Islámico. Llevados a Siria para montar desde afuera una infame “guerra civil” urdida desde Washington para producir el anhelado “cambio de régimen” en ese país, los fanáticos terminaron ocupando parte del territorio sirio, se apropiaron de un sector de Irak, pusieron en funcionamiento los campos petroleros de esa zona y en connivencia con las multinacionales del sector y los bancos occidentales se dedican a vender el petróleo robado a precio vil y convertirse en la guerrilla más adinerada del planeta, con ingresos estimados de 2.000 millones de dólares anuales para financiar sus crímenes en cualquier país del mundo. Para dar muestras de su fervor religioso las milicias jihadistas degüellan, decapitan y asesinan infieles a diestra y siniestra, no importa si musulmanes de otra secta, cristianos, judíos o agnósticos, árabes o no, todo en abierta profanación de los valores del Islam. Al haber avivado las llamas del sectarismo religioso era cuestión de tiempo que la violencia desatada por esa estúpida y criminal política de Occidente tocara las puertas de Europa o Estados Unidos. Ahora fue en París, pero ya antes Madrid y Londres habían cosechado de manos de los ardientes islamistas lo que sus propios gobernantes habían sembrado inescrupulosamente.
De lo anterior se desprende con claridad cuál es la génesis oculta de la tragedia del Charlie Hebdo. Quienes fogonearon el radicalismo sectario mal podrían ahora sorprenderse y mucho menos proclamar su falta de responsabilidad por lo ocurrido, como si el asesinato de los periodistas parisinos no tuviera relación alguna con sus políticas. Sus pupilos de antaño responden con las armas y los argumentos que les fueron inescrupulosamente cedidos desde los años de Reagan hasta hoy. Más tarde, los horrores perpetrados durante la ocupación norteamericana en Irak los endurecieron e inflamaron su celo religioso. Otro tanto ocurrió con las diversas formas de “terrorismo de estado” que las democracias capitalistas practicaron, o condonaron, en el mundo árabe: las torturas, vejaciones y humillaciones cometidas en Abu Ghraib, Guantánamo y las cárceles secretas de la CIA; las matanzas consumadas en Libia y en Egipto; el indiscriminado asesinato que a diario cometen los drones estadounidenses en Pakistán y Afganistán, en donde sólo dos de cada cien víctimas alcanzadas por sus misiles son terroristas; el “ejemplarizador” linchamiento de Gadaffi (cuya noticia provocó la repugnante carcajada de Hillary Clinton); el interminable genocidio al que son periódicamente sometidos los palestinos por Israel, con la anuencia y la protección de Estados Unidos y los gobiernos europeos, crímenes, todos estos, de lesa humanidad que sin embargo no conmueven la supuesta conciencia democrática y humanista de Occidente. Repetimos: nada, absolutamente nada, justifica el crimen cometido contra el semanario parisino. Pero como recomendaba Spinoza hay que comprender las causas que hicieron que los jihadistas decidieran pagarle a Occidente con su misma sangrienta moneda. Nos provoca náuseas tener que narrar tanta inmoralidad e hipocresía de parte de los portavoces de gobiernos supuestamente democráticos que no son otra cosa que sórdidas plutocracias. Hubo quienes, en Estados Unidos y Europa, condenaron lo ocurrido con los colegas de Charlie Hebdo por ser, además, un atentado a la libertad de expresión. Efectivamente, una masacre como esa lo es, y en grado sumo. Pero carecen de autoridad moral quienes condenan lo ocurrido en París y nada dicen acerca de la absoluta falta de libertad de expresión en Arabia Saudita, en donde la prensa, la radio, la televisión, la Internet y cualquier medio de comunicación está sometido a una durísima censura. Hipocresía descarada también de quienes ahora se rasgan las vestiduras pero no hicieron absolutamente nada para detener el genocidio perpetrado por Israel hace pocos meses en Gaza. Claro, Israel es uno de los nuestros dirán entre sí y, además, dos mil palestinos, varios centenares de ellos niños, no valen lo mismo que la vida de doce franceses. La cara oculta de la hipocresía es el más desenfrenado racismo.
* Una versión muy resumida de esta nota, escrita “en caliente” ni bien enterado de los hechos, fue publicada en el día de hoy, 8 de Enero de 2015, por Página/12.

miércoles, 7 de enero de 2015

Ocupa Walt Street, Tania Bruguera y Carlos Alberto Montaner

Enrique Ubieta Gómez
Especulo: seguro que Tania Bruguera cuenta con el apoyo de Carlos Alberto Montaner. Este señor sabe de arte político –no me refiero a la “nueva canción” latinoamericana, en sus inicios llamada “canción protesta”, ni a otros antecedentes ilustres, como ciertos poemas de Guillén, Neruda o Dalton, o a los murales de Rivera y Siqueiros–; me lo imagino absorto, frente al televisor, en la contemplación de alguna entretenida saga justiciera de James Bond, el Agente 007. Aquellas películas, paradójicamente, aparentaban ser arte y no política, pero eran todo lo contrario, como cualquiera sabe. Pero Tania es una verdadera artista. Hay un punto, sin embargo, en el que Montaner debe haberse sentido contrariado. Tania, que es y tiene derecho a ser una mujer sistémica –aunque incurra en provocaciones inocuas, perdonadas en Colombia y en otros lares no por vocación democrática de esos países, sino por irrelevantes, desde una visión política–, ha querido enlazar su programado perfomance en La Habana a un hecho, este sí, irritante para el sistema, revelador de la crisis profunda –económica, social, política, simbólica– del capitalismo. Ha dicho que su provocación artístico-política en la habanera Plaza de la Revolución sería a la manera del movimiento de los “Ocupa”, que dicho sea de paso, no es un movimiento artístico, aunque porte una estética; expresa la irritación de millones de personas ante el inútil multipartidismo burgués que no los representa. Escoger la Plaza que simboliza la resistencia de todos los latinoamericanos (de todos los hombres y mujeres progresistas del planeta) frente al imperialismo, habrá hecho sonreír a Montaner. Esa sería su venganza frente a los reales “ocupas”. Pero no, creo que no apoyó a Tania. La sola mención de ese movimiento debe haberlo incomodado. Es cierto que especulo, pero me apoyo en un reciente artículo suyo aparecido en El Nuevo Herald. En los primeros días de enero, Montaner tenía otras preocupaciones: 2015, decía, será un año en que “viviremos peligrosamente”. La frase es inintelegible, al menos en español. Sin embargo, no es difícil adivinar lo que intenta decir: la posible llegada al poder, en Grecia y en España, de partidos desconocidos e impredecibles –remember Fidel, remember Chávez–, podría acarrear la inestabilidad… del capitalismo. Ambas organizaciones surgieron del amplio movimiento de los "Ocupa", y Montaner, como los niños irritados, junta todas las groserías escuchadas a los “mayores” (las más ofensivas, según su parecer), aunque algunas sean difícilmente juntables:
"Se trata de una amalgama antisistema. (…)  En Syriza se juntan estalinistas nostálgicos, trotskistas, anarquistas, anticapitalistas, antiglobalizadores, verdes que odian los transgénicos, antiamericanos, eurófobos, antieuros, y, por supuesto, propalestinos-antiisrael. (…)
Esta montonera comenzó a gestarse hace unos años en las protestas contra las reuniones internacionales del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial. Era una muchedumbre juvenil reclutada entre las tribus urbanas, frecuentemente desaseada y porrera (…)
Los participantes acamparon en diversas plazas emblemáticas, desde Wall Street en NY hasta la madrileña Puerta del Sol, o se pelearon a pedradas contra las fuerzas del orden en media docena de ciudades (…)
Lo que España y Grecia necesitan es más capitalismo, pero del bueno (…)"

Que la derecha intente apropiarse del vocabulario, las imágenes y los símbolos de la izquierda no es una novedad. Pero la mención a ese movimiento resulta confusa: ¿a quiénes convocaba Tania en La Habana?, ¿exigiría la implementación de un capitalismo “del bueno” en Cuba? En el llamado Primer Mundo, cientos de miles de ciudadanos ex-apolíticos y ex-apáticos manifiestan su ira contra el capitalismo; ¿pretende ella restaurarlo en Cuba? Con mercenarios procapitalistas, partidarios de la globalización de las trasnacionales, defensores de Monsanto, proimperialistas y sionistas –según el listado opuesto al de Montaner, claro–, no se ocupan plazas en países libres. La idea, se me dirá, era hacer arte, pero después de 56 años de Revolución, de 16 años de injusta prisión para tres de nuestros hijos, de la rotunda victoria de fin de año, ¿con qué otro público contaba, además del puñado de corresponsales de agencias trasnacionales acreditadas en el país? Tania, sin dudas, tiene derecho a no compartir los presupuestos de, pese a todo, su Revolución. Pero su referente –puede estar tranquilo Montaner– no es el de los “ocupas” que llenan las plazas de Europa y los Estados Unidos, aunque Tania se empeñe en decir lo contrario.

jueves, 1 de enero de 2015

Cuba: una epopeya de 56 años

Atilio A. Boron
En un día como hoy, hace 56 años, se abría una nueva etapa histórica en Nuestra América. Batista y sus esbirros, junto a sus mentores y compinches norteamericanos y la oligarquía pro-yankee huían de La Habana y se consumaba el triunfo de la Revolución Cubana. A partir de ese momento nada sería igual en Latinoamérica. El certero instinto del imperio no se equivocó, y desde su inicio la  Revolución fue combatida a muerte, hostigada, saboteada, aislada, y sus líderes fueron objeto de innumerables atentados, igual que su pueblo. Fue víctima del criminal bloqueo comercial, financiero, migratorio, informático más prolongado de la historia universal, que todavía sigue aunque ya ha sido herido de muerte y sus promotores y ejecutores confesaron su fracaso.
Todas las armas se utilizaron con tal de destruirla. Pero no pudieron, y a pesar de ese furioso ataque garantizó para su población índices de salud, educación, acceso a la cultura y al deporte, y a la seguridad social iguales o mejores que los de los países capitalistas desarrollados Y además, hizo del internacionalismo socialista, de la solidaridad internacional, una bandera indeleble de lucha y llevó a sus médicos, enfermeros, educadores por todo el mundo, cuando sus detractores enviaban tropas y descargaban metralla. Y cuando su auxilio fue requerido para librar la batalla decisiva contra el racismo, el apartheid y los restos del colonialismo en África allá fueron los cubanos y en Angola derrotaron definitivamente a los baluartes de la reacción, como lo atestiguara repetidamente un emocionado Nelson Mandela. Si esa Revolución (así, siempre con mayúsculas) hubiese sido aplastada la historia de América Latina y el Caribe y nuestras pequeñas biografías, habrían sido completamente diferentes. Por eso, nuestra eterna gratitud y nuestra deuda con la Revolución Cubana -con Fidel, Raúl, el Che, Camilo," Barbarroja" Piñeiro, Almeida y los hombres y mujeres que lucharon bajo su conducción- es enorme e impagable. De ahí que nuestra solidaridad y defensa de la Revolución Cubana deba ser incondicional, permanente y activa, como lo fue en la campaña que hizo posible la liberación de "Los 5". Hoy seguimos en la lucha, más que nunca, porque el Imperio se apresta a cambiar de táctica para lograr, apelando al "poder blando" (¡un peligroso eufemismo!) lo que por más de medio siglo no pudieron obtener por la fuerza. Pero Cuba, con el apoyo de todos los pueblos de Nuestra América, resistirá y derrotará también la sinuosa embestida pergeñada por Washington.
¡Feliz 2015 Cuba, con tus hijos recuperados, rescatados de las cárceles del imperio!
¡Salud Fidel, salud Raúl! ¡Hasta la victoria siempre!

lunes, 29 de diciembre de 2014

Sobre Tania Bruguera y su show mediático (DOCUMENTOS)

NOTA OFICIAL DEL CONSEJO NACIONAL DE LAS ARTES PLÁSTICAS
El Consejo Nacional de las Artes Plásticas, luego de largas conversaciones con Tania Bruguera, ha decidido mantener su decisión de no apoyar el proyecto El susurro de Tatlin que la artista viene gestando a través de la plataforma Yo también exijo. Según las actuales circunstancias, resulta inaceptable la realización de este pretendido performance en el simbólico espacio de la Plaza de la Revolución, especialmente teniendo en cuenta la amplia cobertura mediática y la manipulación que ha tenido en los medios difusores de la contrarrevolución.
El CNAP ha propuesto a la artista un grupo de alternativas y principios a partir de los cuales se podría desarrollar esta acción. Dichas alternativas se sustentan en: mover el performance de la Plaza de la Revolución para una institución cultural de prestigio en el ámbito de las artes visuales, teniendo en cuenta que es una actividad desde el arte y ese debería ser su escenario natural; el espacio que se decida estaría abierto libremente a las más diversas personas de sectores sociales disímiles. Sin embargo, se reserva el derecho de admisión a sujetos cuyo único interés sea la provocación en función de generar conflictos que pongan en riesgo la libertad de creación que ha caracterizado la gestión de nuestras instituciones. Y por último, la duración del performance no sería ilimitada, sino que extendería por 1 hora y 30 minutos, tiempo suficiente para que una considerable cantidad de asistentes emitan libremente sus juicios, criterios y propuestas. Lamentablemente la artista ha decido rechazar estos principios.
La Habana, 29 de diciembre del 2014
 

DECLARACIÓN DE LA PRESIDENCIA DE LA ASOCIACIÓN DE ARTISTAS PLÁSTICOS DE LA UNEAC 
A solicitud de la Presidencia de la Asociación de Artistas Plásticos de la UNEAC CUBARTE reproduce el siguiente texto:
La conocida artista Tania Bruguera ha convocado a un supuesto performance este 30 de diciembre en la emblemática Plaza de la Revolución en La Habana. Ello ha sucedido al margen de cualquier institución cubana y, como sucede en esos casos, la iniciativa ha sido ampliamente difundida por medios de la contrarrevolución, especialmente por el libelo Diario de Cuba, que tomó tempranamente partido contra las declaraciones de los presidentes Raúl Castro y Barack Obama del pasado 17 de diciembre. Llevamos años en esta batalla frente a los enemigos de la Revolución.  No somos ingenuos, el significado de este performance no va a ser interpretado en modo alguno como una obra artística. Se trata de una provocación política, orientada en el mismo sentido de las tesis de los que la han difundido.
Esta acción no persigue otro propósito que el de situarse en contra de las negociaciones que dan esperanza a muchos seres humanos, en primer lugar a los once millones de cubanos. Será secundada, si acaso, por los pocos mercenarios locales de la política que el mismo Presidente Obama ha considerado fracasada, por los únicos que podrían esperar beneficios de cualquier intento por obstaculizar las negociaciones en curso.
Los escritores y artistas cubanos merecen conocer esta nueva maniobra y no se dejarán confundir por una operación que pretende presentar este performance como un proyecto de pura creación artística. Su evidente intención política se afirma en el propio mensaje de una artista que no busca otra cosa que un protagonismo circunstancial. 
Todo nuestro pueblo festeja hoy el regreso a la Patria de nuestros Cinco Héroes, así como el anuncio del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos. Rechazamos cualquier acción oportunista que trate de opacar este momento histórico.

Entrevista con Rubén del Valle Lantarón
TANIA BRUGUERA: EL EXTRAVÍO DE UN SUSURRO
ArteCubano • La Habana, Cuba

Tania Bruguera regresó a La Habana el pasado viernes 26 de diciembre. Desde hacía varios días, la artista conducía un despliegue mediático, fundamentalmente en las redes sociales, invitando a una nueva edición de su conocido performance El susurro de Tatlin, verificado durante la Décima Bienal de La Habana (2009) en el Centro Wifredo Lam. Evidentemente, esta vez la operatoria de la artista se conduce desde y hacia la praxis publicitaria, evadiendo los mecanismos rectores del sistema institucional del arte y buscando insertarse directamente en el campo del activismo político. ¿En qué punto de este performance se involucra el Consejo Nacional de las Artes Plásticas?
Por la manera en que se han sucedido los acontecimientos, más que un performance creo que se trata de un reality show. Los antecedentes de esta acción están en una carta que Tania publica desde la ciudad del Vaticano titulada “Querido Raúl, dear Obama y querido Papa Francisco”. En este documento felicita a las tres personalidades por la trascendental decisión adoptada y se plantea un grupo de cuestionamientos sobre el futuro de Cuba. Según me cuenta la propia Tania, la carta simplemente tenía la intención de ser un documento catártico de sus sentimientos personales en ese momento ante los acontecimientos que estábamos viviendo, dándole una connotación metafórica a su llamado a que los cubanos salieran a la calle. Continúo citando a Tania cuando te cuento que días después recibió la invitación de varias personas a convertir esta alegoría en una acción concreta.
A partir de ese momento crearon la plataforma Yo también exijo convocando a los cubanos a “exigir públicamente sus derechos civiles el próximo 30 de diciembre a las 3 p.m. en la Plaza de la Revolución de La Habana”. Dicha convocatoria pasa inmediatamente al periódico digital Diario de Cuba, de marcada orientación contrarrevolucionaria, y desde sus páginas varios textos replican y cubren la noticia. Como dato significativo apunto que este mismo periódico a menos de 24 horas de las declaraciones de los presidentes Raúl Castro y Barack Obama difundió un texto de Carlos Alberto Montaner, con probado historial terrorista, donde condenaba la decisión de Obama y defendía la necesidad de mantener la política hostil hacia el gobierno cubano, en contraste con la unísona aprobación que esta decisión había generado entre los más diversos sectores nacionales e internacionales. Esta convergencia, inmediatamente, llama nuestra atención.
Mi gestión al frente del CNAP ha buscado privilegiar y promover el diálogo franco, abierto y respetuoso con todos los artistas, cumpliendo así uno de los principios cardinales de la política cultural de la Revolución. Por lo tanto, ante el complejo escenario que estas señales perfilaban, consideramos invitar a Tania a discutir su propuesta, a exponer nuestras diferencias en la manera en que estaba abordando su trabajo y a tratar de buscar soluciones desde las prácticas artísticas. A esta conversación llegó Tania conminándonos a apoyar logísticamente su propuesta, incluso por escrito.
Permíteme en este punto una breve digresión. Tras más de cinco décadas de hostilidades, de una política que pretendía colapsar esta pequeña porción de tierra que llamamos Cuba, el representante del imperio más poderoso del mundo ha confesado haber fracasado en su intento de doblegar por la fuerza esta nación soberana. Esa debería haber sido una lección para todo el mundo, y especialmente para Tania. El método de la presión, del chantaje, de las agendas impuestas no funciona en nuestro país. Un proyecto construido desde el exterior, convocado desde los órganos de prensa de la contrarrevolución, al margen de la legalidad y del sistema institucional no será respaldado, en tales circunstancias, por el Consejo Nacional de las Artes Plásticas ni por el Ministerio de Cultura.
Los cubanos hemos compartido en estos días acontecimientos históricos inéditos en la historia nacional: regresan a la Patria los tres cubanos encarcelados y los presidentes Raúl Castro y Barack Obama anuncian el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los EE.UU. Sin dudas un momento complejo, de promisorias esperanzas y proyecciones de futuro, pero también propenso a despliegues extremistas, intransigentes de muy diverso signo.

Y entonces, reitero, ¿por qué la recibió? ¿Por qué entonces usted, y Jorge Fernández, cuando están concentrando todas sus energías en la organización de la próxima edición de la Bienal de La Habana deciden invitarla a debatir en el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam?
En primer lugar porque considero que Tania es fruto de esta Revolución y de uno de sus proyectos más hermosos: el sistema de enseñanza artística. Tania estudió por 12 años en los distintos niveles de enseñanza artística especializada, y luego realizó un máster en el Instituto de Chicago. Tania pertenece a una generación de jóvenes creadores que fueron proyectados hacia la escena internacional por nuestro sistema institucional, y especialmente por la Bienal de La Habana. A partir de ahí ha construido una carrera que parte de concebir el arte como una actitud vital, de profunda reflexión crítica, de vocación universal, entronizada en la rica tradición de formalización estética del pensar y sentir desde lo social.
Me parecía, entonces, imprescindible, agotar todos los recursos posibles desde el terreno del diálogo. Dígase encontrar una solución colegiada, constructiva, de posibles alternativas a su necesidad indagadora pero despejada de un contexto de segura manipulación desde la política. Ella buscaba encontrarse y dialogar con el cubano de a pie, haciendo mucho énfasis en el estereotipo de que el cubano tiene miedo a expresarse. Aduje que nuestras calles son un permanente foro de debate, le sugerí la posibilidad de organizar su proyecto en fábricas, en universidades, en la parada de la guagua o en el agromercado. Ninguna de estas propuestas fue aceptada.
Considero que fue una conversación honesta, respetuosa. Pero también creo que Tania llegó a La Habana con muchos condicionamientos externos, con una propuesta muy publicitada y avanzada y no estaba en condiciones de reajustarse, de negociar. Llegó resuelta a iniciar un despliegue que podría llegar a ser autodestructivo. Incluso, en este punto no debemos desechar la posibilidad que algunos sugieren de que estemos inmersos en una estrategia de simulacro, donde desde el inicio la artista se empeña en concretar un proceder insostenible porque lo realmente importarte en esta operatoria son las consecuencias que pueda provocar la represión de este pretendido activismo, tanto legal como personalmente.

Según su personal experiencia, ¿en qué punto un proyecto de inserción social como este se extravía de las estrategias artísticas para afiliarse a los procederes de la publicidad política?. Valga decir, ¿cómo esta acción que Tania presenta como parte de un performance ya conocido por el público cubano desdibuja los muy discutibles márgenes de la creación artística...?
Mi opinión sobre este complejo tema no va desde la crítica de arte, sino desde la gestión cultural y la implementación de la política cultural. La expansión de los márgenes o los límites del arte es uno de los temas más polémicos que hemos heredado del pasado siglo XX. Hoy en día el debate sobre lo que es o no arte continúa inundando los más diversos foros de discusión y es ese uno de los mayores retos de la institucionalidad a la hora de acompañar los procesos de la creación.
Las prácticas artísticas contemporáneas comportan cada día más ejecutorias que se insertan en los entresijos de la sociedad, ya sea desde los ejercicios cercanos a lo cotidiano y procesual o desde aquellas aristas que atañen a la política y a las estructuras gubernamentales rectoras en un contexto determinado. Continúan siendo imprecisos, y en expansión, los límites entre el arte y la política, entre la creación y la vida misma. Un debate que hoy se sustenta sobre la base de la responsabilidad ética y el compromiso moral de todos sus actores.
En el orden personal, ese que atañe al artista como individuo, considero que los límites son infinitos: hoy el arte se extiende más allá de las disciplinas implícitas en la creación para abarcar la ciencia, la tecnología y los saberes más recónditos; se privilegian los enfoques interdisciplinarios, transdisciplinarios y la institución debe estar preparada para asumir, legitimar y potenciar estas formas de expresión. Como radicalización de estas estrategias artísticas estaríamos considerando la autoagresión, ya sea desde lo físico o desde lo psicológico. Estos procederes están sujetos a cuestionamientos múltiples que hoy no están dilucidados. Sin embargo, cuando esos procederes involucran a otros, —como en este caso que discutimos, cuando implican a los cubanos en su calidad de sujetos activos de la sociedad civil—se impone, por encima de otros análisis, la dimensión ética de la implicación de la “acción artística”. Y acoto: la libertad debería estar acompañada de una gran responsabilidad, como diría Juan Marinello. En este caso, ese sentido de la responsabilidad le ha sido esquivo a Tania. Ha vulnerado los principios fundamentales según los cuales debería haber evaluado contexto, circunstancias, alcances, disposiciones legales, sujetos involucrados, obsesionada en su pretensión de erigirse un lugar protagónico en medio de acontecimientos que desbordan sus capacidades y que son inéditos en la historia nacional. Tania pretende reproducir modelos foráneos y proyectarse como artífice de un consenso para Cuba que desborde las ideologías y las concepciones políticas por obra y gracia de su voluntad artística. Y me pregunto: ¿pretenderá Tania convertirse en arquetipo de un nuevo Mesías?
La proyección mediática de Tania a propósito de la plataforma Yo también exijo se autodefine como de “izquierda”, “anticapitalista”, “antimercado”. Sin embargo, sus principales promotores y su tribuna informativa están representados por medios y personas cuyo proyecto esencial para el futuro de Cuba es la restauración del capitalismo y la penetración de las ideas de la ultraderecha norteamericana en todos los órdenes de la vida nacional. Resulta entonces un contrasentido pretender darle espacio y voz en la simbólica Plaza de la Revolución a sujetos políticos totalmente deslegitimizados en la escena cubana, muchos de los cuales se oponen incluso a la normalización de las relaciones entre nuestro país y los EE.UU.
Uno de los momentos más tristes de mi vida profesional fue constatar que el resultado más mediatizado durante la Décima Bienal de La Habana fue la presencia de Yoani Sánchez en el performance El susurro de Tatlin. Los grandes medios no estaban interesados en la praxis de Tania, ni en el extraordinario performance del chicano Guillermo Gómez Peña. Solo replicaron la implicación de la intervención de Yoani Sánchez. Fue así eclipsado el extraordinario alcance cultural, social, humano de esa edición del evento, fueron silenciadas todas las estrategias discursivas que reflexionaban en torno los retos de la humanidad ante los efectos de la globalización para posicionar en los canales internacionales de información al último constructo de la industria contrarrevolucionaria, legitimándola como intelectual influyente en la política mundial. ¿Cuán ingenuo e irresponsable sería repetir la experiencia, multiplicando la escala exponencialmente?
Evidentemente, esta sexta edición de El susurro de Tatlin no se corresponde con el nivel de riqueza estético y conceptual demostrado antes por Tania, y resulta más una réplica “teatralizada” de cierto método habitual de enfrentamiento político que una propuesta para la recepción estética inteligente y movilizadora. Parece estar agotándose, si así fuera, la variabilidad sugerente y a veces agresiva de un modo artístico de ser que ha sido altamente valorado por críticos, curadores y artistas. Ese desgaste de su condición primigenia, como derivación reproductiva, atenta contra la esencia misma de su génesis y solo podría leerse, en mi opinión, como el extravío de una artista que de alguna manera parece estar perdiendo la conexión esencial con el contexto cubano. Un susurro que parece derivar inevitablemente en naufragio.

VEA SOBRE ESTE TEMA: 
Raúl Antonio Capote: Tania Bruguera, Cuba y la nación que deseamos

sábado, 27 de diciembre de 2014

El regreso de los Cinco, ¿una nueva era de paz?

Enrique Ubieta Gómez
La Calle del Medio 80
Transcurría un interesante diálogo con jóvenes universitarios en la ciudad de Camagüey, al que había sido invitado por la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), que celebra en diciembre su cumpleaños ochenta y dos, cuando uno de los presentes recibió un papel recortado a mano con un mensaje perturbador. Se nos pedía no trasmitir aún la noticia, que unas horas después sería anunciada por nuestro Presidente en una alocución: el agente estadounidense Alan Gross había regresado a su país y se esperaba la inmediata liberación de los tres antiterroristas cubanos que permanecían encarcelados en los Estados Unidos. Cuando el papel pasó por mis ojos, la voz se me cortó y perdí el hilo de la conversación, vencido por la emoción de la noticia. Eran las diez de la mañana del 17 de diciembre de 2014 cuando decidimos compartir lo que sabíamos -lo que todavía no sabíamos en realidad- con los estudiantes. Las emociones estallaron: aplausos, vítores, lágrimas, abrazos. El intercambio cambió de tono y de asunto. Las noticias, imprecisas, llegaban a cuenta gotas. A las doce todos estábamos frente al televisor. El Presidente Raúl confirmaba los rumores: los tres héroes cubanos ya estaban en la Patria después de dieciséis años de injusto encierro. Una segunda noticia –se restablecerían las relaciones diplomáticas entre los gobiernos de Cuba y los Estados Unidos– no pasaba desapercibida, pero a pesar de su trascendencia histórica, no superaría de inicio el impacto emocional de la primera. La gente, acostumbrada a prescindir de los Estados Unidos, sabiendo que existen oscuros entresijos en el poder imperial, capaces de malograr cualquier buena intención, salió a la calle a celebrar el regreso de los tres prisioneros que nos faltaban.
Con el paso de los días, se hace necesario reflexionar sobre ambos acontecimientos. La presencia en Cuba de Los Cinco (los tres que llegaban, más los dos anteriormente liberados) no es un simple acto de benevolencia: la presión internacional, la constancia y el fervor del pueblo cubano en defensa de sus hijos, la indoblegable resistencia de esos hombres y la mediación de importantes personalidades, como la del Papa Francisco, lo posibilitaron. Sobre el injusto proceso judicial que los condenó a largas penas se pronunciaron eminentes políticos, abogados, escritores, artistas, intelectuales. Gross –liberado como parte del acuerdo, en gesto humanitario– y el espía de origen cubano que fue canjeado, trabajaban, directa o indirectamente, tras la retórica tradicional de la supuesta ‹‹defensa de la democracia›› para derrocar al gobierno cubano y cambiar su sistema político. Los Cinco no eran parte de un programa para derrocar al gobierno estadounidense o cambiar su sistema político, trabajaban para evitar que los grupos contrarrevolucionarios más violentos de Miami –y algunos de sus confesos criminales, que viven tranquilamente en esa ciudad– continuaran ejecutando actos terroristas en la Isla.
Cuba siempre estuvo dispuesta al diálogo respetuoso, basado en la igualdad. ¿Por qué nuestras relaciones podrían normalizarse ahora? Obama reconoce en su discurso del 17 de diciembre dos razones importantes: primero, que la política de bloqueo ha fracasado en sus efectos desestabilizadores –repudiada por el pueblo afectado y por la casi totalidad de naciones del mundo–, y segundo, que los cambios políticos ocurridos en América Latina han convertido a este en un autobloqueo moral a los Estados Unidos. Los países latinoamericanos exigieron de tal manera la reincorporación de Cuba, sin condiciones, a la comunidad americana –recuérdese el acuerdo que admitía la improcedencia histórica de las sanciones a Cuba adoptadas en 1962 por la OEA, y la advertencia latinoamericana de que una Cumbre de las Américas que no contase con la presencia de la Isla sería irrealizable, acciones consensuadas a contrapelo del gobierno estadounidense–, que el tema se convirtió en un verdadero obstáculo para las relaciones de los Estados Unidos con sus vecinos del Sur. El pretendido aislamiento de Cuba provocaba el aislamiento de los Estados Unidos. Incluso, la propia comunidad cubana en los Estados Unidos, que ha cambiado, favorece la normalización de relaciones, aunque una poderosa pero exigua minoría se opone a ella.
Existe un contexto de fondo que no puede obviarse: las políticas imperialistas no han sido muy exitosas en los últimos años, ni en el Medio Oriente, ni con respecto a Rusia, para no hablar de América Latina. Obama no ha podido validar la pretendida condición de liderazgo mundial de su país. A esos factores agreguemos la crisis político-económica y simbólica del capitalismo a nivel global.
Los restantes razonamientos se derivan de estos: si los Estados Unidos desean que se produzca un cambio político en Cuba –algo que depende del deseo de los cubanos–, supongamos que a partir de profundas divergencias conceptuales sobre qué es la democracia y los derechos humanos, y no de mezquinos intereses económicos y geopolíticos, entonces el terreno de lucha deberá ser, a partir de ahora, el de las ideas, el de la cultura –a veces de la seudocultura–, y no el de la subversión, la injerencia, las campañas mediáticas trasnacionales, la amenaza militar o el bloqueo económico, comercial y financiero. ¿Será capaz el imperialismo de abandonar el uso de la fuerza? Si la CIA graba las conversaciones telefónicas de su aliada más estrecha, Angela Merkel, ¿dejará de espiar al gobierno cubano? ¿Cómo explicar que el mismo día del anuncio del restablecimiento pactado de relaciones diplomáticas con Cuba, el propio Obama firmara sanciones contra el gobierno legítimo y soberano de Venezuela?, al que, por supuesto, Cuba reiteró su apoyo irrestricto dos días después, en la plenaria de la sesión ordinaria de fin de año del Parlamento cubano. Puede que algunos ideólogos de aquel sistema –experto en la reproducción de valores desde la llamada industria del entretenimiento– apuesten a la mayor efectividad de los instrumentos culturales sobre las nuevas generaciones de cubanos, a las que suponen más vulnerables.
El reestablecimiento de relaciones enfocaría mejor a nuestro enemigo, que no es un país –por mucho que ese país, por su cercanía y liderazgo imperial se nos presente como el enemigo histórico tangible–, sino uno más global e intangible: el imperialismo. La guerra cultural –que prepara y suele convertirse en guerra de otra naturaleza– es en realidad entre el capitalismo y cualquier otra forma de vida, inaceptada por aquel como vestigios de premodernidad o ‹‹primitivismo›› –visible en su desprecio a las culturas originarias de América Latina– o como manifestaciones delictivas, porque rompen con la legalidad burguesa o , aún cuando transiten por sus propios mecanismos electorales, hechos para reproducir el status quo y no para alterarlo. Raúl lo expresó de manera clara este 20 de diciembre ante el Parlamento cubano: “Entre los gobiernos de los Estados Unidos y Cuba hay profundas diferencias que incluyen, entre otras, distintas concepciones sobre el ejercicio de la soberanía nacional, la democracia, los modelos políticos y las relaciones internacionales. Reiteramos la disposición al diálogo respetuoso y recíproco sobre las discrepancias”.
Pero si las relaciones diplomáticas se restablecen, como parece acordado a contrapelo, incluso, de la letra de la Ley Helms Burton –no lo olvidemos–, el bloqueo dejará de tener sentido. ¿Con qué país enemigo no podrá comerciarse?, ¿con qué extraño ‹‹auspiciador del terrorismo›› se intercambiarán embajadores, empresarios y turistas? Aunque la decisión de Obama es valiente y merece respeto, no creo que sea un gesto personal; tras ella existe un consenso de la élite gobernante, más allá de la pertenencia a uno u otro partido. Cuando esto sucede, desaparecen los servidores de segunda: el niño Elián fue rescatado por fuerzas federales y enviado a Cuba sin que los que viven del negocio de la contrarrevolución en Miami pudiesen reaccionar; el intercambio de prisioneros y el acuerdo entre gobiernos los tomó igualmente de sorpresa. Y si alguien ahora clama por sus ‹‹derechos››, será porque es de su interés personal. Obama elogió a la comunidad cubana de Miami, pero recordó que esa, como las demás, es una ciudad norteamericana. No quiere decir que el Congreso, mayoritariamente republicano, ponga las cosas fáciles, en parte porque podría estar tentado a negociar desde posiciones de fuerza –lo que sería un grave error–, y porque la política exterior, a partir del 2015, estará supeditada a las elecciones, y la descalificación de Obama y de su partido podría ser una prioridad. Después de tantas promesas incumplidas –el cierre de la prisión en la base naval de Guantánamo que ilegítimamente ocupa, la reforma del sistema de salud o la migratoria–, nadie podrá negarle al presidente Obama haber puesto en movimiento la rueda de la historia con respecto a Cuba. Cuando dos países soberanos pactan un arreglo sin mirar atrás, no cabe hablar de vencedores y vencidos. Pero lo cierto es que el gobierno estadounidense rompió relaciones diplomáticas con la Revolución cubana –con los Castro– en el contexto de la Guerra fría, y las restableció con la Revolución cubana –con los Castro–, cinco décadas después. El principio básico de nuestras futuras relaciones con los Estados Unidos deberá sustentarse en el respeto a las diferencias o fracasará. ‹‹De la misma forma que nunca nos hemos propuesto que los Estados Unidos cambien su sistema político, exigiremos respeto al nuestro››, expresó Raúl ante el Parlamento cubano. 
En la noche del 20 de diciembre, Silvio Rodríguez ofreció un concierto multitudinario en una de las plazoletas que bordean el Estadio Latinoamericano de béisbol en la capital, el más grande del país. La concurrencia fue mayor porque el rumor de que allí estarían Los Cinco atrajo a miles de espectadores. Sentados frente a la tarima estuvieron los héroes con sus esposas y familiares más cercanos. El público no se perdía el más mínimo movimiento de sus ídolos –seguidos por las cámaras en imágenes que se amplificaban en una pantalla gigante–, que a veces cantaban para sí, besaban o acariciaban a sus esposas e hijos, y en cuyos ojos de repente podía asomar intrusa una lágrima de emoción. El pueblo les profesa una admiración sin límites, son héroes populares tan auténticos como los guerrilleros de la Sierra. Al final del concierto subieron a cantar con Silvio una canción que ahora también los representa: ‹‹El necio››. También la cantaron miles de espectadores allí reunidos, que al final vitorearon a Fidel.
El año 2015 que llega, viene con buenos augurios. Los Cinco volvieron –¡volverán!, decían todas las pancartas antes de su regreso a la Patria–, como había vaticinado Fidel, los trajimos.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Los Cinco y Gross, no valen las comparaciones

Enrique Ubieta Gómez
He visto en estos días los rostros de Gerardo, de Tony, de Ramón. Una foto de Ismael Francisco me conmovió especialmente: los ojos limpios –no puedo evitar el adjetivo gastado: luminosos–, de Gerardo, y una lágrima que los bordea, mientras escucha con su amada, la canción Amada de Silvio Rodríguez. Cuántos días oscuros detrás de esas sonrisas, pero cuánta luz. Un largo túnel de 16 años. Demasiado tiempo. Otros pactaron. Ellos no, ahora sonríen asombrados de sí mismos, y miran, miran, ávidos de mundo, satisfechos de haber sobrevivido: porque los que pactaron, murieron. Son ídolos populares. Saludan, se dejan fotografiar, firman autógrafos como si fuesen estrellas del pop, porque son estrellas del pueblo. Nunca son buenas las comparaciones. No quiero pensar en el traidor que fue canjeado. Siento rabia, pero también un poco de pena por él. ¿Qué hará con su vida-muerte? Pero qué diferente es todo. La llegada de Gross, víctima y victimario, a su país, y un flash de despedida en la prensa. Acabo de leer que fue recompensado por la USAID, después de varias demandas infructuosas: 3, 2 millones de dólares. Eso vale. Pagó cinco años en una prisión dorada, si cabe el adjetivo porque ninguna lo es. Buen negocio. Hizo su trabajo, y cobró. Por eso no entienden a los Cinco, no entienden a los cubanos: estos no hacían un trabajo, no habían sido “contratados”, ponían el pecho delante de las balas para defender la Patria que es ara, no pedestal.

martes, 23 de diciembre de 2014

La misión de paz de Jean Daniel

Elier Ramírez Cañedo
En 1963, entre los distintos cursos de acción que se valoraban de política hacia Cuba en las más altas esferas de poder de los Estados Unidos, surgió en varias oportunidades la idea de la «dulce aproximación a Castro». Se tenía ya un grupo de informes de inteligencia que mostraban el interés de Cuba de establecer al­gún tipo de comunicación que pudiera derivar en una mejoría de las relaciones y el presidente J.F. Kennedy autorizó una exploración discreta con el objetivo de conocer en qué puntos es­taba el gobierno cubano dispuesto a ceder en caso de llegarse a un modus vivendi, aunque sin renunciar en ningún momento a la política de corte más agresivo contra la Isla. Fue lo que se llamó la «política de Múltiple Vía». De esta manera Willliam Atwood, funcio­nario de los Estados Unidos ante las Nacio­nes Unidas, sostuvo varios contactos con el embajador cubano Carlos Lechuga. Al mismo tiempo, tanto Atwood como la periodista Lisa Howard, conversaron telefónicamente con René Vallejo, en esos momentos ayudante personal del Comandante en Jefe, Fidel Cas­tro. Todos estos contactos tuvieron lugar entre septiembre y noviembre de 1963, hasta el 22 de noviembre, en que ocurre el fatídico asesi­nato del presidente en Dallas. Pero la historia que en este caso nos ocupa es la de cómo el periodista francés Jean Daniel, editor del semanario L´Observateur, se convirtió también en un mediador entre Kennedy y Fidel.
Atwood, amigo personal de Jean Daniel, al enterarse que éste pensaba entrevistar al líder de la Revolución Cubana, se le ocurrió la idea de que el periodista francés fuera an­tes a Washington a conversar con Kennedy. Atwood contactó de inmediato al correspon­sal de la revista Newsweek, Ben Bradlee, que era amigo del Presidente y visitaba frecuen­temente la Casa Blanca para que coordinara un encuentro.[i]
El 24 de octubre tuvo lugar la entrevista en la Casa Blanca. Según relató posteriormente Jean Daniel, Kennedy le había señalado que los Estados Unidos estaban pagando por los pecados cometidos por su país durante el ré­gimen de Batista y que él estaba de acuerdo con los planteamientos iniciales de la Revolu­ción, pero que «Castro había aceptado ser un agente soviético en América Latina» y por su culpa «el mundo había estado al borde de una guerra nuclear en octubre de 1962». También cuenta el periodista francés que el presidente estadounidense le añadió:
Los rusos entendieron muy bien, al menos des­pués de nuestra reacción, pero en lo que se refiere a Fidel Castro, debo decir que no sé si se da cuenta de esto […]. Usted me puede decir si lo hace cuando regrese. En cualquier caso las naciones de América Latina no van alcanzar la justicia y el progreso de esa manera, quiero decir a través de la subversión comunista. […]
Los Estados Unidos tienen ahora la posibi­lidad de hacer todo el bien en América Latina como lo han hecho mal en el pasado […]. En cualquier caso, no podemos permitir que gane la subversión comunista en los demás países del continente. Dos diques son necesarios para contener la expansión soviética: el bloqueo, por un lado, un enorme esfuerzo hacia el progreso, por el otro. Este es el problema en pocas pala­bras. Ambas batallas son igualmente difíciles.[ii]
Según Jean Daniel, Kennedy hizo un último comentario: «La continuación del bloqueo depende de la continuación de las activida­des subversivas».[iii] En una clara referencia al apoyo que el gobierno cubano brindaba a los movimientos de liberación al sur del Río Bravo. Décadas después, en una entrevista brin­daba para un documental de la televisión estadounidense, Jean Daniel ofreció sus im­presiones de este encuentro: «Salí de la Oficina Oval de la Casa Blanca con la impresión de que yo era un mensajero de la paz. Yo estaba convencido de que Kennedy quería un acercamiento; quería que yo regre­sara y le dijera que Castro deseaba un acer­camiento».[iv]
Narra también Jean Daniel que estando en Cuba, cuando prácticamente había perdido las esperanzas de entrevistarse con Fidel, el día antes de su partida hacia México, exac­tamente el 19 de noviembre, el líder de la Revolución se le apareció en el hotel Habana Riviera donde estaba hospedado y estuvieron conversando desde las 10 de la noche hasta las 4:00 de la mañana del día siguiente. Según su testimonio, Fidel le habló largamente de la Crisis de Octubre y le explicó el por qué se habían instalado los misiles en Cuba y tam­bién dio sus valoraciones sobre la Alianza para el Progreso. El periodista francés citó las siguientes palabras de Fidel: «En lo que respecta a nosotros, todo puede volver a la normalidad sobre la base del respeto mutuo a la soberanía». Sin embargo, este no sería el único encuentro que Jean Daniel sostendría con el Comandante en Jefe. El día 22 volverían a reunirse en Varadero. Mientras esto sucedía en La Habana, Ken­nedy, en un discurso pronunciado en Miami el 18 de noviembre, enviaba un nuevo mensaje: Una cuadrilla de conspiradores –dijo– había hecho de Cuba instrumento de un esfuerzo di­rigido por potencias externas para subvertir el orden de las restantes Repúblicas americanas.
Esto y sólo esto nos divide –enfatizó Kennedy–. Mientras esto siga siendo así, nada es posible; sin ello, todo es posible. Una vez que se haya suprimido esta barrera, estaremos dispuestos a trabajar de todo corazón con el pueblo cubano para alcanzar esos objetivos de progreso, que hace muy pocos años despertaron las esperan­zas y las simpatías del hemisferio.[v]
Cuatro días después, el 22 de noviembre, se produjo el asesinato de Kennedy en Dallas, el mismo día en que Jean Daniel conversaba con Fidel Castro en Varadero. Sobre esta entrevis­ta amplió también el líder de la Revolución Cu­bana en la conferencia internacional celebrada en La Habana en 1992, al conmemorarse el 30 aniversario de la Crisis de Octubre:
Se presenta en nuestro país un periodista fran­cés, era conocido, que acababa de tener una reunión con Kennedy. Vino muy impresionado de Kennedy, bien impresionado, decía que era una máquina, tal como lo tenía organizado todo, todas las cosas. Él me trasmite que se hospeda en un hotel de La Habana, y tan pronto recibo la noticia le digo que sí, que me voy a reunir con él, y él dijo que traía como un mensaje de Kennedy.
Para poder hablar con más calma, le dije: «lo recojo y lo llevo a Varadero», para crear un ambiente relajado, pudiéramos decir, en que él pudiera explicar las ideas y el mensaje que traía. No era un mensaje en el sentido formal de la pa­labra, sino le dijo que quería que viniera. Le ha­bló mucho de la crisis, de los peligros enormes de que estallara una guerra […] las consecuen­cias de esa guerra, y que él quería que hablara conmigo, que analizara esta cuestión, que me preguntara si yo estaba consciente de hasta qué punto había sido grande ese peligro. La esencia del mensaje era que hablara conmigo largamente sobre todos estos temas, que des­pués volviera a Estados Unidos, a Washington, y le informara de la conversación. Por lo tanto el periodista lo interpretó como un gesto, con el deseo de establecer un contacto, un deseo de explorar qué pensábamos nosotros sobre todo esto y, además, establecer una cierta comuni­cación. Le dijo: «vaya, hable, analice todo este problema y vuelva»; eso era en esencia.
Voy a decir que prácticamente el periodista ni terminó de explicarme todo lo que tenía que decirme, porque fue temprano, no recuerdo si eran las 11:00 a.m., hora de Dallas. No había llegado siquiera el mediodía, íbamos a almorzar, no habíamos almorzado, y estando en estas con­versaciones, en estos análisis, llega por radio allí mismo la noticia de que han atentado contra la vida de Kennedy. Vea usted qué casualidad.
Yo lo interpreté, realmente, como un gesto tendiente a establecer alguna comunicación, al­gún intercambio, porque como Kennedy había quedado con tanta autoridad dentro de su país después de la crisis, podía hacer las cosas que quizás anteriormente no había hecho. A mi juicio tenía el valor de hacerlo, porque se necesitaba cierto valor para desafiar estados de opinión en todas estas cuestiones.
[…]
Pero no podría decirles muchos más datos, se trató de un mensaje escrito, o un mensaje ver­bal de decir: «Queremos mejorar las relaciones», sino que le habló de mí en términos respetuosos, conversó largamente sobre eso; le pidió que me viniera a ver y que hablara conmigo, y que des­pués regresara a Washington y le informara.[vi]
El 7 diciembre de 1963, Jean Daniel escribió para el periódico New Republic su testimonio de la reacción que había tenido el líder histó­rico Fidel Castro, al recibir la noticia de que el presidente Kennedy había sido asesinado y, el 14 de diciembre, amplió sobre sus encuentros con ambos mandatarios y cómo él se había convertido en un mediador. A continuación presentamos traducidos al español ambos trabajos del periodista francés.
VER LOS DOCUMENTOS CITADOS DE JEAN DANIEL AQUÍ:

[i] Tomás Diez Acosta: Los últimos 12 meses de J.F.Kennedy y la Revolución Cubana, Editora Política, La Habana, 2011, p.203.
[ii] Jean Daniel: «Unoficial Envoy. An Historic Re­port from Two Capitals», The New Republic, De­cember, 14th, 1963, pp. 15-20.
[iii] Ibídem.
[iv] Citado por Tomás Diez Acosta: ob. cit., p.207.
[v] Citado por Arthur M. Schlesinger: Los Mil Días de Kennedy, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1970, p.810.
[vi] James G. Blight, Bruce J. Allyn, and David Lewis: Cuba On The Brink. Castro. The Missi­le Crisis and the Soviet Collapse, Rowman & Littlefield Publishers, INC, New York, 2002, pp. 236-237